¡Reconcíliate!
" Si sabes que tu hermano tiene quejas contra de tí, vete y reconcíliate primero" (Mateo 5,17-37).
Un año después, seguimos en las mismas, es decir, con la misma dialéctica de los puños y del enfrentamiento, las vallas y el descarte. Y el enemigo es exactamente igual que nosotros, pues somos primos hermanos.
Según algunos observadores... y no hace falta que lo digan, se extiende en la sociedad actual, a nivel global, un lenguaje que refleja el crecimiento de la crispación y la agresividad. Lenguaje, palabras nacidas del rechazo del otro, el resentimiento, el odio, la sed de venganza, el "y tú más".
Palabras que reparten condenas, siembran sospechas, que envenenan la convivencia, y por ello hacen daño.
Ejemplos, muchos. Cuando vemos, oimos algunas sesiones de control del gobierno que sea, o seguimos algunas tertulias de algunas cadenas de tv, uno se sorprende de la falta de cortesía y agresividad verbal. Este estilo violento de comunicación puede acabar contagiándose en la vida social, vecinal, laboral y hasta familiar.
Unos y otros deberíamos detenernos para preguntarnos cómo es nuestro estilo de comunicación verbal y gestual.
No es un hecho que se dé solo en la convivencia social. Es también un grave problema al interior de la Iglesia misma. Cuando debe ser portadora de la buena noticia del Evangelio. Porque si la fe no es buena noticia saludable para el mundo, luz y sal, no es creible.
El Papa Francisco, "el párroco del mundo", sufría al comprobar los conflictos y enfrentamientos "de cristianos en guerra contra otros cristianos". Por ello sentía la necesidad de dirigirnos una llamada urgente: "No a la guerra entre nosotros".
Así hablaba el Papa: "Me duele comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aún entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, calumnias, difamaciones, venganzas, celos deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con estos comportamientos? El Papa soñaba con una Iglesia en la que "todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dáis aliento mutuamente y cómo os acompañáis".
El Papa León en su mensaje para la próxima Cuaresma 2026, titulado "Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión", nos pide formas de "abstinencia concreta" como "desarmar el lenguaje" y cultivar la amabilidad, pero también escuchar la Palabra de Dios y el clamor de los últimos, y hacerlo juntos, en nuestras comunidades, abiertas a acoger a quienes sufren.
Todos en esta vida, necesitamos perdonar y ser perdonados setenta veces siete.
Pero lo primero que necesitamos es purificar nuestro interior, de donde brota nuestro malestar, es decir, reconciliarnos con nosotros mismos, con nuestro pasado lleno de errores, frustraciones, resentimientos, decepciones, miedos.
Uno es más humano cuando perdona que cuando se venga. Y este principio es también aplicable a la sociedad en general.
Aunque hay que entender bien el pensamiento de Jesús sobre el perdón, que en la cruz perdona a todos. Perdonar no significa ignorar las injusticias cometidas, ni aceptarlas de manera pasiva o indiferente. En la dinámica del perdón hay un esfuerzo por superar el mal con el bien. Este es el espíritu de las Bienaventuranzas.
El poder perdonar, en el fondo, es un don de Dios que hay que suplicar acoger y regalar a los otros.
Si devolvemos mal por mal solo alimentaremos la espiral de la violencia.
Por otra parte, la sociedad en sus miembros e instituciones no debería abandonar a ninguna persona, ni siquiera al culpable.
El rechazo del perdón es un grito que, como creyentes, no debemos suscribir nunca, porque en definitiva, es un rechazo de la fraternidad soñada por Aquel que nos perdona a todos. De lo que se trata es "elegir entre el agua y la vida o el fuego y la muerte, a cada uno se le dará lo que prefiera". " Si no sois mejores que los escribas...". No estamos llamados a creernos los puros, los mejores, sino a ser más humildes, comprensivos, sembradores de paz y concordia, constructores de puentes.
Jesús Mendoza
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