"No tengáis miedo, soy yo"

COMENTARIO Domingo XIX TO CA

 Mateo 14,22-33 “No tengáis miedo soy yo”

Vivimos en medio de una  tormenta formidable que nos desborda: sanitaria, social, laboral, económica, política, mediática… con muchos frentes o aristas.


Hay tormentas inevitables, que no las controlamos. Algunas son pasajeras, de verano. Otras perduran en el tiempo. La actual es un misterio, un reto colosal.

Otras las provocamos nosotros: envidias, intereses egoístas, resentimientos.

Tormentas que provocan miedo, angustia, confusión, sensación de hundimiento. Dicen que el miedo es uno de los peores enemigos de la persona, que crean fantasmas.  Los miedos están ahí y hay que saberlos reconocer y aceptar, no enmascararlos. Son un mecanismo de defensa ante los peligros, riesgos de la vida. Son expresión también de nuestra fragilidad, de que no somos dueños absolutos de nosotros mismos, de la vida que se nos escapa, de la historia que nos desborda.


Noche, oscuridad,  aguas, vientos contrarios: son el símbolo de las pruebas de la vida, mientras navegamos por este mundo. Pruebas a las que hay que mirar de frente, llamando a las cosas por su nombre.

El relato de este domingo contiene una gran enseñanza para la comunidad eclesial,  y para cada uno de nosotros mismos, creyentes en Cristo Jesús: cómo debemos afrontar con valentía la tempestad, depositando nuestra confianza en Jesús que viene a nuestro encuentro. Fe, confianza. “¿Porqué has dudado”, le encara Jesús a Pedro. . No somos distintos a Pedro. No somos más creyentes que Pedro. Creemos, nos decimos creyentes. Pero dudamos. Nuestra fe es frágil y vacilante. No hay que preocuparse de ello. La fe se vive con inseguridad. Porque es creer lo que no vemos. A Dios se le busca a tientas.  La fe no nos libra de las tormentas ni las ahuyenta. Lo decisivo es saber volcar nuestra confianza en las manos del Señor para ponernos a salvo, que es fiel por encima de todo. Confiar en las fuerzas que Dios nos dé y en los demás, si son personas de buena voluntad.

Todos, todos, estamos llamados a caminar al encuentro de Jesús. Todos, por lo tanto, llamados a caminar sobre las aguas. La fe su purifica en la prueba, viviendo a veces en la intemperie. La verdadera fe es caminar sobre las aguas, sabiendo que Él navega con nosotros, que viene a nuestro encuentro, aunque no sepamos reconocerlo, que nos dice: “Animo, soy yo,  no tengáis miedo”.

La llamada de Jesús es constante, pero la tormenta en nuestra vida también es constante y por eso, a veces,  no oímos, no creemos, no caminamos con fe hacia Jesús que nos llama y vivimos como náufragos. Estamos llamados a caminar hacia Jesús, a dar la vida por Jesucristo y los hermanos.

Para caminar hacia Jesús hay que saber dónde encontrarle. Hay que aprender a escucharle.

El profeta Elías, defensor de Dios, se pasó toda la noche escuchando y comprobó que Dios no estaba en el viento, no estaba en el terremoto, no estaba en el fuego, y lo sintió presente y vivo en un levísimo susurro.

Dios se hace presente en los acontecimientos, en las personas, en la escucha perseverante, paciente y obediente de su Palabra, presente también en las pequeñas cosas, en los acontecimientos cotidianos, en el silencio y en lo inesperado.

A Dios no se le puede programar. Dios es sorpresa constante.

Dios no está en los yates de la  Gente guapa y rica, Jet set

Dios no está en las palabras  de los que se creen sabios y entendidos de este mundo.

Dios está en el suspiro vacilante de todo corazón que escucha, que busca al Dios escondido y se deja sorprender.

Nos dice el evangelio que los discípulos iban solos en la barca.

Jesús oraba en la montaña. Y la barca atravesaba por en medio de una gran tormenta.

Solos en la barca. Solos en la tormenta. Solos en la impotencia. Solos en la comunidad. Solos y huérfanos nos sentimos en medio de esta tormenta.

¿Estamos dispuestos a escuchar su voz y distinguir su presencia? No es un fantasma el que camina sobre las aguas. Es el Señor. La fe les abrió los ojos.

La Iglesia vive también este tiempo, separada de su Señor Resucitado que nos espera en la otra orilla y nos manda remar, trabajar, avivar la fe, enfrentar las tormentas, confesar a Jesús ausente-presente, y confiar en el poder de Jesucristo que viene a rescatarnos.

Pedro dejó la barca para descubrir su propia debilidad y aprender a fiarse del poder de Dios.

Es importante en estos momentos de zozobra descubrir que estamos en la misma tempestad, que no navegamos solos, vamos en la misma barca con Jesús, y nos necesitamos unos a otros.

Jesús Mendoza Dueñas



Comentarios

  1. Tienes razon,el evangelio es una fuente inagotable de lecciones de vida.....asi haces tus homilias,para que calen en nosotros y nos hagan pensar,por lo menos durante un "ratito".

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Martín Zamora Borobio

4º Domingo de Pascua

¡Reconcíliate!