"Ya se van los pastores..."
4º domingo de Pascua CB, Juan 10,11-18.

“Ya se van los pastores…”. Ya casi no quedan pastores en nuestras tierras. Han sido arrojados de ellas por esta sociedad tecnológica que no valora lo rural. La mayoría de las ovejas que conocen los niños urbanitas son peluches de fibra artificial, que ni de lana merina natural lo son.
He tenido la oportunidad y suerte en mi vida de conocer y tratar a varios pastores, gozar de su trato y amistad, sobre todo en Tierras Altas, donde hemos compartido mesa y fiesta. Cipri, Samuel, los hermanos trashumantes de Navabellida: José Mari, Ricardo y Basilio. Personajes “todo terreno” y mejores personas. Amantes de su oficio y de su tierra. Conocen cada rincón de la sierra, sus senderos, fuentes y guijarros. Y siempre me ha sorprendido su labor sacrificada y su habilidad para manejar, conducir y conocer al rebaño, a cada una de sus ovejas, incluso por su nombre.
Si miramos al presente, al pasado y al futuro, la vida es relación. Relación que conduce al conocimiento, a la amistad, al amor. Y un amor que es capaz de desvivirse por los demás.
A Jesús le gustaba el contacto, la relación con el Padre Dios y con los demás, sin excluir a nadie. Y usa la imagen bíblica del buen pastor para expresar esa relación y conocimiento. Una imagen tomada de la antigua cultura rural-agrícola, y frecuente en la cultura oriental para referirse a la autoridad civil y religiosa, de la que se espera un comportamiento ejemplar. Jesús la aplica a su persona, misión y vida, llevándola hasta el extremo de ser capaz de “dar la vida” libremente por sus ovejas, en un gesto excepcional. Un pastor bueno que conoce a sus ovejas, las guía, busca la perdida, y a “las otras” para reunirlas en un solo rebaño bajo el cayado de un solo pastor. Referencia clara a su misión y a la unidad como ideal y horizonte de la comunidad de sus seguidores. La misión de las ovejas es escuchar su voz, seguirle por cañadas y cordeles, y agradecerle su dedicación.
La vida es camino, así lo cantó el poeta de nuestra tierra. Camino lleno de luces y de sombras, camino que no es fácil, a veces se tuerce o se hace cuesta arriba dicho camino. Camina que hacemos muchas veces en soledad.
Nuestra fe nos asegura que no caminamos solos. Jesús el buen pastor camina con nosotros, el va por delante abriendo camino y marcando el ritmo, a veces va por detrás, otras nos lleva en sus brazos u hombros, aunque no nos demos cuenta. El nos conoce a cada uno de nosotros por nuestro nombre, como el pastor conoce a sus ovejas. El nos llama, nos habla, ilumina nuestro caminar: “aunque camine por cañadas oscuras nada temo porque tú vas conmigo… tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días, horas de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término”. Así rezamos con el salmo 22. El evangelio nos recuerda que Jesús es el buen pastor que nos conoce, que camina delante de las ovejas que lo siguen, porque conocen su voz, la voz de alguien cercano.
No hay otro camino que nos lleve al reino de la luz y de la felicidad. Se equivoca quien piensa que Jesús nos cierra la vía para la felicidad. Los que reconocen su voz lo siguen, viviendo el evangelio, anunciando la buena noticia del Reino, siendo sus testigos. “He venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Juan 10,10). Si hay unas palabras profundas en el evangelio de Juan son estas, palabras que debemos recordar, tenerlas grabadas en el corazón para que no se nos olviden. Palabras que invitan a la esperanza más allá de esta vida. Una esperanza ganada por Jesús pagando por ella la propia vida. “El Señor es mi pastor nada me falta”. Con estas palabras confesamos que ponemos en Jesús nuestra confianza durante la vida. Aunque pasemos por valles de tinieblas, no debemos temer los males de este mundo. Y a él nos encomendamos a la hora de la muerte, la hora de la verdad, la hora de la soledad más radical. Jesús es el Salvador.
Miles de voces nos invitan cada día a descubrir nuevos caminos. Los políticos (estos días, en campaña electoral) y los mercaderes nos quieren vender horizontes de libertad y de felicidad. Con frecuencia descubrimos que nos engañan, que no cumplen o no pueden cumplir lo que prometen. Jesús es la verdad. El es la puerta que no tiene cerrojos ni engaños. Porque hay buenos pastores y “bandidos”, “abigeos” que se dedican al robo del ganado, y solo buscan su propio interés.
Si Jesús es el pastor tiene que existir una relación entre el pastor y sus ovejas. ¿Es Jesús nuestro pastor? Escuchar su voz es reconocer su autoridad, comulgar con su mensaje y actitudes, dejarse guiar por él y saber distinguir su voz entre los miles de voces que nos convocan de todas partes. Conocerle es experimentar su amor, acoger el don de la vida eterna, ser su amigo, compartir su mesa y comunicarse con él diariamente a través de la oración. Seguirle es reconocernos discípulos, miembros comprometidos y agradecidos de la comunidad eclesial, su pequeño rebaño. Dios guía a su pueblo, y nosotros queremos seguir a Jesús con libertad, esperanza y coherencia. El no fuerza a nadie. El solamente nos llama. La decisión de seguirlo depende de cada uno de nosotros. Pero una decisión que puede cambiar nuestras vidas, al descubrir que El es el camino, la verdad y la vida.
El papa Francisco insiste cada día en la necesidad de una Iglesia “en salida”, trashumante; y en pastores con “olor a oveja”, aunque la expresión les disguste a algunos eclesiásticos de cuello alto. Una Iglesia sinodal (en camino), donde caminamos todos juntos a la escucha de Jesús, el único buen Pastor. Necesitamos pastores y cercanos que sean referentes, en los que se pueda confiar, que sean verdaderos “guías” y “maestros de vida”, verdaderos compañeros de camino.
Jesús Mendoza Dueñas.
Muy bueno,amigo tenemos un pastor que nos conoce y quiere.Abrazo
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