DOMINGO DE LA PALABRA 2026

 Domingo de la PALABRA DE DIOS, 3º Domingo Tiempo ordinario, Ciclo A

Estamos padeciendo una nueva borrasca: "Ingrid". Una semana "harto fría, pacrecito".

Se hiela hasta el sonido de la campana pequeña, y el agua de la fuente. Por la mañanita se helaban hasta las palabras. Espero que no se nos congele el corazón, de dónde brotan las emociones, sentimientos y las palabras. Qué  importante es la palabra en la comunicación interpersonal humana. Palabra sincera, transparente, portadora de buenas noticias, conciliadora. Lo necesitamos en este tiempo que nos toca sufrir y gozar. Tiempo de discordia, negaciones, confrontación diaria entre dirigentes políticos, a la gresca como estrategia política calculada. Tiempo de confusión, en el que se ha hecho de la mentira y el bulo un auténtico negocio, rentable políticamente.

Hay palabras para casi todo, y muchas clases de palabras: palabras positivas, amables y de amor, y palabras negativas vacías o cargadas de odio. Qué importante es saber emplear la palabra adecuada para hacernos entender y poder comunicarnos de verdad. Todo es palabra hasta el silencio. Qué importante es la palabra, el diálogo en la solución de los conflictos.

Negar la palabra a alguien es una ofensa, es negarse a la comunicación. Es todo un arte, sobre todo, la comunicación amable, sincera y transparente, profunda a nivel se sentimientos íntimos.

Dios que parece, a veces, es de “pocas palabras”, nos sorprende con las justas, palabras de Vida. Dios mismo se ha dignado dirigirnos su Palabra, nos ha mirado a la cara, sin mascarilla, porque le importamos mucho. Dios piensa en ti y en mí. En Jesús de Nazaret nos ha revelado su rostro y su proyecto, para decirnos que nos ama, que somos hijos suyos, amados y bendecidos, aunque, a veces, nos sintamos rotos, heridos y confusos por dentro. Palabra, pues, de amor que es luz, que enseña, consuela, compromete.

Celebramos en este tercer domingo del tiempo ordinario y, como venimos haciendo desde 2019 por iniciativa del papa Francisco, EL DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS. Lo hacemos poniendo especial énfasis en la importancia que tiene en la vida cristiana  la Palabra de Dios. Ya decía San Jerónimo que: "ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo"

El papa Francisco expresaba con ello un deseo: «Que el domingo dedicado a la Palabra haga crecer en el pueblo de Dios la familiaridad religiosa y asidua con la Sagrada Escritura, como el autor sagrado lo en­señaba ya en tiempos antiguos: esta Palabra “está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que la cumplas” (Dt 30, 14).

San Mateo, cuya lectura continuada haremos durante este año litúrgico en  los D.T.O. resume la actividad de Jesús, en el comienzo de su vida pública con estas palabras: “Jesús recorría toda Galilea (“de los gentiles” = paganos) enseñando en las sinagogas, proclamando el evangelio (buena noticia= algo bueno y nuevo) del Reino (de la cercanía, compasión de Dios Padre) y curando toda dolencia en el pueblo”.... "Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres".

"Sorprende que Jesús llame a dos parejas de hermanos: Pedro y Andrés, Juan y Santiago. Ellos van a ser signo del proyecto del Reino que comienza, que ya está presente. El Reino de Dios implica la creación de una nueva fraternidad en torno a él, comienzo de la fraternidad en los tiempos últimos. Siendo el Reino una realidad esencialmente comunitaria, no tiene sentido que Jesús lo proclame solo, sin estar rodeado por un grupo de personas (discípulos) que acepten este mensaje. Por ello, a partir de este momento, Mateo presentará a Jesús, como un peregrino,  siempre acompañado por sus discípulos. Así su proclamación tendrá un matiz comunitario. El primer anuncio es la fraternidad de hermanos" (Cáritas, Mientras haya personas hay esperanza)

Cristiano = discípulo, seguidor, y apóstol = enviado de o por Jesús, el Maestro.

1ª tarea del cristiano = conocer a Jesús. Para ello debemos leer los evangelios.

La lectura orante de la Palabra de Dios nos ayudará a  aprender como discípulos del mismo Maestro y a escuchar su llamada a la misión de anunciar la Buena Noticia del Reino, identificándonos con las actitudes fundamentales de Jesús: la confianza y la compasión, e identificándonos con el proyecto del Reino = humanizar este mundo roto y desigual, lleno de muros, en el aquí y en el ahora que nos toca vivir, lo que nos exige vivir despiertos y vigilantes.

La Palabra hay que leerla con profundo respeto o reverencia, pues en ella se contiene la luz que ilumina a todo hombre, lo que nos obliga a penetrar en el texto sabiendo que allí está el Señor para hablarnos y para revelarnos, descubrirnos su proyecto, sus secretos más íntimos.

                                         


Ello nos exige como nos recordaba tantas veces  el papa Francisco “atender la llamada de Dios y escuchar su Palabra”: «En medio de tantas palabras diarias, necesitamos escuchar esa Palabra que no nos habla de cosas, sino de vida.  Hay que hacer espacio a la Palabra de Dios entre nuestros quehaceres diarios: «Leamos algún versículo de la Biblia cada día. Comencemos por el Evangelio; mantengámoslo abierto en casa, en la mesita de noche, llevémoslo en nuestro bolsillo, veámoslo en la pantalla del teléfono, dejemos que nos inspire diariamente. Descubriremos que Dios está cerca de nosotros, que ilumina nuestra oscuridad, que nos guía con amor a lo largo de nuestra vida» (2020). “No renunciemos a la Palabra de Dios. Es la carta de amor escrita para nosotros por aquel que nos conoce como nadie más. Leyéndola, sentimos nuevamente su voz, vislumbramos su rostro, recibimos su Espíritu. La Palabra nos acerca a Dios; no la tengamos lejos. Llevémosla siempre con nosotros.


                                               

Un párroco se enteró un día de que uno de sus feligreses había decidido no asistir más al templo. La razón de este rebelde era que podía comunicarse con Dios en la naturaleza como si estuviera en la iglesia. Una noche el párroco decidió hacerle una visita.

Sentados junto al fuego, los dos hombres hablaron de mil asuntos pero no hablaron de la asistencia a misa. Al cabo de un rato el párroco cogió las tenazas y sacó una sola brasa del fuego. Y colocó la brillante brasa sobre el suelo. Los dos veían la brasa apagarse poco a poco y convertirse en cenizas, mientras las otras ardían y brillaban y sus llamas bailaban alegres.

El párroco permanecía en silencio. Al cabo de un rato, el feligrés dijo: el próximo domingo estaré en la iglesia.



Jesús Mendoza Dueñas





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